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Manual para desaparecer

  • donnalaboratorio
  • 26 feb
  • 3 min de lectura

Actualizado: 7 mar

"No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida."

Viaje a Ixtlán, Carlos Castaneda.



Comunicar es intervenir en la percepción: encuadrar, seleccionar y posicionar una mirada sobre la realidad. Define qué se vuelve evidente, qué permanece fuera de foco y cómo se interpreta lo que vemos. Lo visible organiza la comprensión; lo implícito abre espacio al misterio. Y es en esa tensión, entre claridad y sugerencia, es donde emerge la lectura, siempre construida entre quien emite y quien observa.


Para captar y luego comunicar, es necesario un gesto particular: hacernos a un lado como comunicadores, borrarnos. Este acto no implica ausencia, sino suspensión del propio ruido; es un acto de precisión, fundirse con el otro sin invadirlo, escuchar más allá de las palabras, mirar más allá de lo visible, comprender no desde la proyección propia. Ser empáticos no basta, debemos desplazarnos. Abandonar momentáneamente la propia mirada para habitar la del otro, reconocer sus tensiones, sus contradicciones y sus deseos aún no formulados.


Lograr esto no es simple. La relación con nuestros clientes no está hecha únicamente de identificación y afinidad; también atraviesa fricciones, silencios y sombras. Y es precisamente ahí donde el ejercicio comunicativo se vuelve más exigente: sostener la escucha incluso cuando no hay resonancia inmediata, buscar sentido incluso cuando aún no existe acuerdo.


El acto mágico consiste, entonces, en poner de lado al yo. Convertirse en una presencia que el cliente aún no conoce y que, por lo mismo, no lo distrae ni condiciona el vínculo: una presencia sin urgencia por demostrar posturas o emitir juicio, capaz de hacerse a un lado para captar aquello que realmente necesita ser comunicado. Este desplazamiento implica suspender la identidad personal como centro, permitiendo que emerja la identidad profesional y técnica: la que sabe cómo decir lo dicho para transmitir.


La magia requiere práctica, madurez y, sobre todo, la capacidad de olvidarse de uno mismo por un momento para fundirse con el todo y comprender al cliente en su complejidad. Luego aparece la técnica: escritura, fotografía, video o cualquier lenguaje; la exactitud se desarrolla en la práctica del oficio, no en cursos de marketing, no en una app. Cuando el cliente intenta dirigir técnicamente al comunicador, el proceso se entorpece, porque en lugar de abrirse para ser captado intenta ocupar el lugar de quien debe traducir.


¿Por qué esto constituye un acto mágico? Porque al convertirnos en un misterio, incluso para nosotros mismos, nos acercamos a la esencia sutil del todo: diluirnos por un momento en algo más amplio, reconocer la unidad que nos atraviesa, aquello que distintas tradiciones han nombrado como el origen común. Este ejercicio profundo de conexión, nos permite diluirnos; al fundirnos aparece el misterio. Quizá sea ahí donde habita lo más sagrado del encuentro comunicativo, esa dimensión silenciosa y espiritual que permite que algo mágico emerja.



"¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.

... Debes empezar a borrarte... Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.

-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?

-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido..."

Viaje a Ixtlán, Carlos Castaneda.




 
 
 

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